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Emilia Pérez, dirigida por Jacques Audiard y protagonizada por Zoë Saldaña, Karla Sofía Gascón y Selena Gómez, narra la historia de un narcotraficante que decide cambiar su vida a través de una transición de género. En este camino, utiliza al personaje de Zoë Saldaña para lograr sus objetivos. Este es el hilo conductor que desencadena todos los hechos. Sin embargo, esta película, en particular, ha recibido numerosos comentarios en México acerca de su percepción, debido a que es una producción extranjera que aborda temas propiamente mexicanos.
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En este análisis intentaremos abordar si el tema de la película es adecuado, si funciona cinematográficamente hablando, si rompe con los estereotipos, si visibiliza problemas existentes, si es relevante para el momento actual y si tiene importancia. Teorizaremos si generará cambios políticos e históricos dentro del panorama mundial, si es fiel a la violencia que se vive en México día a día, las artimañas de la reivindicación y el estado filosófico del amor.
Emilia Pérez es única en su estilo. La historia arranca con un cuestionamiento dentro del guion: «¿De qué hablamos hoy y ahora?». Esta es la reflexión del personaje de Zoë Saldaña mientras intenta resolver un caso. Interpretando a la abogada titulada Rita Mora Castro, se ve envuelta en una situación un tanto sui generis. Rita es contactada por un narcotraficante llamado “El Manitas”, interpretado por Karla Sofía Gascón, quien la contrata para organizar su transición de la manera más discreta posible. Así, Rita emprende un viaje por el mundo para realizar los preparativos de este giro de 180 grados que “El Manitas” llevará a cabo para convertirse finalmente en Emilia Pérez.
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Emilia Pérez es un viaje de reivindicación y redención. Esta es la forma en que los guionistas nos convencen del cambio, en contraposición a la figura del narcotraficante y al estereotipo del típico hombre macho clásico de la cultura mexicana. Pero, ¿funciona esta película cinematográficamente hablando? La verdad es que sí. Es un gran ejercicio cinematográfico que nos regala momentos memorables, tanto en instantes de tensión como de alegría y diversión, gracias a su ridiculez, así como por el tratamiento de temas escabrosos. Finalmente, se convierte en un argumento digno de La Rosa de Guadalupe, pero bien ejecutado, con esteroides, momentos cómicos y mágicos musicales.
Que ojo, no porque el texto anterior suene ridículo significa que sea malo; simplemente alcanza la altura de ser lo suficientemente memeable como para volverse viral. Momentos como: “Hasta me duele la pinche vulva nada más de acordarme de ti” son instantes priceless que te hacen pensar que el momento es tan sublimemente divertido, que el precio de la entrada valió completamente la pena.
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Si bien el retrato de la cultura me parece digno —desde sus calles y los personajes, hasta sus actitudes y motivaciones—, sigue siendo un tema interesante únicamente en una primera lectura. Pero eso es todo, una primera y única lectura, ya que no es una historia de profundidades filosóficas que trasciendan, lo cual considero un error. Creo que lo tenían en bandeja de plata. Si hubieran profundizado más en la psicología del personaje de “El Manitas” antes de su transición, habría sido un gran acierto para la película. Pero esto nunca ocurre, y por lo tanto, nos limitamos a centrarnos únicamente en su viaje reivindicativo.
Posteriormente, la misma película se convierte en una excusa llena de clichés y morbo que resuelve la duda inicial del personaje de Zoë Saldaña al inicio del filme: «¿De qué hablamos hoy y ahora?». Y es que la misma película lo responde: se habla de transicionar, se habla de reivindicación, se habla de La Rosa de Guadalupe, se habla de mochar manos, de santos, de nuestra relación con el amor. Y nada más.
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Aquí tienes el texto corregido:
Esta es una historia que hace apología a la necesidad mexicana de encumbrar a nuestros traidores, siempre y cuando realicen acciones reivindicativas. Esto sucede muy a pesar de los litros y litros de sangre derramada en favor de una frivolidad personal de poder y megalomanía. Emilia Pérez es una burla de nuestras tragedias como sociedad en todos los sentidos. Pero es una burla necesaria, una que sacude la mente de las audiencias y permite exigirles a los creadores mexicanos mejores contenidos y mejor producidos.
Porque, francamente, es una gran burla que un director francés nos venga a enseñar cómo se hace un musical sobre temas mexicanos. Es una burla que, desde la época del cine de oro, se hayan quedado atrás aquellas grandes producciones que nos regalaron momentos musicales memorables, como el clásico “Amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso” o incluso “El duelo de coplas” en Dos tipos de cuidado, entre muchas otras. Y lo peor, la mayor afrenta, es que todo eso no se haya vuelto a repetir.
Al mismo tiempo, es una burla del estereotipo del macho mexicano y su relación con la identidad femenina que habita dentro de cada uno de nosotros. Pero solo superficialmente, porque, si bien tiene forma, se queda corto en el fondo. Nunca encontramos una luz que nos guíe hacia un conocimiento más profundo sobre el cambio de género y sus problemáticas psicológicas y psíquicas. Esto convierte a la película en una excusa para atraer miradas morbosas mediante un choque de opuestos: “Narcotraficante Macho VS Transexualidad”.
¿Qué me quiere dar a entender? ¿Que si un narco quiere limpiar su nombre tiene que desaparecer en una nueva identidad, al punto de mitigar su propia identidad masculina y llevarla hasta los extremos de la mutilación?
¿Con qué voz moral el director y el guionista pueden deducir que el camino a la redención pasa a través de la emasculación? Lo pregunto porque, hasta donde yo sé, la comunidad trans no busca redimirse; busca ser aceptada y validada. No busca corregir los errores del pasado ni encontrar una salida fácil para comenzar de nuevo mediante tratamientos estéticos y cirugías reconstructivas. Hablar de ello como si se tratara de una máscara es una simplificación ofensiva.
Y ese es otro error de la película: prioriza la anécdota por encima de la lógica fáctica de nuestra vida cotidiana. Ahora bien, si aceptamos la convención de un cuento musical, la película logra mostrar ejemplos bien hechos de cómo se produce un musical en español. A nivel personal, esto me recuerda un poco al ejercicio realizado por el National Theatre con su película London Road.
Aquí tienes el texto corregido:
Por otro lado, encontramos que el tratamiento de la fenomenología mexicana en relación con su situación en temas de seguridad se queda en un pretexto que favorece la misma historia y no la problemática en sí. Como dije, esta historia está hecha para encumbrar el mal hasta convertirlo en bien. Si bien este tema nos involucra en nuestra moralidad cotidiana, Emilia Pérez nos recuerda que todos cometemos errores, y esta vez el director francés ha cometido uno, aunque con muchos premios.
Y al final, nos hará decir: “Está temblando”, “¡Salud!”. Pero si deseas reflexionar más profundamente, pregúntate: ¿Es el amor una justificación suficiente para actuar con violencia?
Comunicador, actor y redactor enfocado en redes sociales.
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